Miguel Angel Cid Cid

Miguel Angel Cid Cid

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El orgullo de un culpable

Montecristi, 1982. El hombre sacó su arma y, decidido, marchó en dirección a Juan Bosch. La seguridad notó de inmediato el inminente peligro. El líder político saludaba la multitud, desde el techo de un vehículo, ajeno a la amenaza. Todavía los rayos del sol de la tarde castigaban al gentío. César Latorre, jefe de seguridad, se le atravesó en el camino al hombre en procura de repeler el ataque. Pero el hombre continúo impertérrito su embestida. Todavía el ex presidente Bosch no notaba el peligro. Ni sospechaba lo que estaba a punto de ocurrir. El hombre apuntó con su revolver a la cabeza del líder. César, apuntándolo con su arma, y batallando por controlar sus nervios, le gritó con insistencia que retrocediera. El hombre no atinaba razón alguna. Entonces César apretó el gatillo y le reventó el pecho de un disparo.

La silla y un presidente en Moca

Cuando el Presidente de la República puso el primer pie en el vano de la puerta del local, Juan Morris Durán tenía una réplica del sable del patricio Juan Pablo Duarte en alto. La multitud que copaba el lugar permanecía en silencio expectante. El primer mandatario enfiló en dirección a Morris, quien estaba parado detrás del pódium. En ese instante Morris dejó caer el sable sobre el podio y de pronto todos los presentes se pusieron de pies y entonaron las doce estrofas del Himno Nacional.

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