El panorama histórico en "La Mañosa"

Aún cuando Bosch no resume el estadio cronológico del texto, La Mañosa se desliza entre el 1914 y el 1915. Esta especulación la apoyo en la edad del Bosch-niño (entre cuatro y seis años, nacido en 1909) y que, al momento del discurso, estaba estacionada en ese ciclo biológico. Mi especulación adquiere rigor debido a la descripción que el yo-narrante (el Bosch-niño) hace de los visitantes a su hogar (Dimas, el general Fello Macario, José Veras, Momón y otros), así como a la cuasi-perfecta ubicación reflexiva que inyecta el novelista a su temporalidad enunciativa. Además, el periodo de crisis descrito se asemeja abrumadoramente al vivido por el país antes de la primera intervención norteamericana (1916), lo que programa otra excelencia discursiva en el tejido de la novela, ya que anuncia el final de una época y el advenimiento de otra: el Trujillato.

Aunque tal vez sin proponérselo, Bosch asume el reto que Jean-Paul Sartre propone en su guión El engranaje (1948): las promesas, las actitudes y las conductas asumidas desde la oposición no suelen ser respetadas cuando se alcanza el poder. Y ese era el juego constante de las montoneras, sellado abruptamente tras la intervención yanqui del 1916. En La Mañosa, Bosch somete al lector a dos conductas aparentemente disímiles de la montonera: Monsito Peña y Fello Macario, las cuales se funden en una sola cuando llegan al poder.

Para describir a Monsito Peña, Bosch lo hace de esta manera: "Cabecilla sanguinario y sordo al perdón", y que frente al retrato de Fello Macario —como apunté anteriormente— que colocaba a éste como el paladín del pueblo y del perdón, logra al final de la obra un escalofrío donde aflora la mueca de lo que Spinoza había enunciado en su Tratado teológico-político (1670): el "contrasentido que brota en el individuo (cuando) practica libremente toda forma de violencia (ya sea) de facto y también de jure".

Con alrededor de 40 mil palabras, La Mañosa, al parecer, constituyó un proyecto discursivo más ambicioso de su autor, debido a la fragmentación textual en dos partes: Revolución y Los vencedores, compuestas ambas por once y nueve capítulos, respectivamente, y las que posibilitan una tercera parte jamás escrita. Y tal y como sucedió en Over, de Marrero Aristy, en La Mañosa la estructura de novela social desprende una praxis vivencial, aprehendida de una faena diaria que rehúye la disquisición profunda, a pesar de que en el texto de Bosch, mucho más despejado de la ontologización, el enfrentamiento de las totalidades alcanza una mayor significación social.

En sus palabras para la edición especial del 24 de Abril de 1974 (e incluida en la octava edición: Alfa y Omega, Santo Domingo, 1979), Juan Bosch trata de vertebrar lo que fue el resultado de un goce, de una euforia a una correspondencia científica con la historia, algo que no debió afirmar sino para conformar un análisis estructural.

En esa misma edición de Alfa y Omega el textista apunta que en La Mañosa (según el plan que se trazó) "debía haber un personaje central y sería la guerra civil", algo que se aleja de la propia estructura narrativo-discursiva del texto, en virtud de que no existe una función fáctica en donde la revolución o guerra civil alcance su magnificación protagónica. Aunque sí es cierto, por otro lado, que la presencia de la revolución es un leit-motiv, un marco, un conductor inanimado hacia la posibilidad de la organicidad constructiva. Pero esta categoría de la totalidad no describe, sino que presiona la trascendencia de la enunciación, distribuyéndola y autorreferenciándola.

(DE MI LIBRO INÉDITO "ENSAYOS DE LITERATURA: EL TEXTO DESDE LA CÁRCEL INSULAR")

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