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Aída Cartagena Portalatín… Y «su» mundo el mar

Aída Cartagena Portalatín… Y «su»  mundo el mar. Aída Cartagena Portalatín… Y «su» mundo el mar.

A mi primo Carlos Mesa Cartagena.

«En el fondo de la vida, voces del destino gritan la angustia presentida. Querer hermano del mar, Aída tiene un sueño hermanos, silencio de sueños, como el pensamiento manso que puebla los contornos de los calamares.» [ACP].


Aída sabía que el primer territorio donde habita la mujer es, el de la geografía doméstica, la casa, y el jardín, porque desde allí se inician sus monólogos interiores, y se hace interlocutora de los objetos y de las plantas que cuida. Ese espacio, a veces, significa la totalidad de la realidad que conoce, o, que le otorgan conocer, puesto que, es un lugar con plurisignificados que puede defender o del cual se apropia desde su nacimiento.

Fue desde esa primera geografía que, Aída empezó a desentrañar lo que somos y focalizó sus ojos hacia lo que hay «afuera», en este caso hacia el MAR, el cual hizo la cartografía de su cuerpo, no como un micromundo de su presente, sino como el espacio desde el cual lee sus primeros textos, y empezó a poetizar lo que sucedía a su alrededor.

Desde el MAR, Aída dio inicio a sus historias íntimas; historias con evidencias personales, armadas fragmento a fragmento.

Aída comprendió, desde la publicación de su primer poemario «Mi mundo el mar», lo que expresó en una sola línea, en un solo verso, en una sola advertencia, que abría los versos en prosa poética de este libro, cuando sentenció: «El fervor me basta».

Así hizo Aída, desde su fervor hacia el mar. Su cartografía femenina fue un mapa desde el cual empezaría a revelarnos cómo nos imponen en la vida la primacía de la mirada masculina sobre la mirada femenina. Por eso, asumió al MAR como su territorio textual, su territorio ficcional y su territorio ficticio. Presentándonos al MAR como un mundo o mapamundis de comienzos y desconciertos con direcciones desconocidas, puesto que,  allí la movilidad, aparentemente, no es vigilada ni asediada, ya que se está en un territorio universal, cósmico, lejos de ese otro territorio (del mundo patriarcal) en el cual nos vigilan la sexualidad, nos compaginan los roles, y nos trazan los períodos de estancia.

 

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A mi primo Carlos Mesa Cartagena.

«En el fondo de la vida, voces del destino gritan la angustia presentida. Querer hermano del mar, Aída tiene un sueño hermanos, silencio de sueños, como el pensamiento manso que puebla los contornos de los calamares.» [ACP].


Aída sabía que el primer territorio donde habita la mujer es, el de la geografía doméstica, la casa, y el jardín, porque desde allí se inician sus monólogos interiores, y se hace interlocutora de los objetos y de las plantas que cuida. Ese espacio, a veces, significa la totalidad de la realidad que conoce, o, que le otorgan conocer, puesto que, es un lugar con plurisignificados que puede defender o del cual se apropia desde su nacimiento.

Fue desde esa primera geografía que, Aída empezó a desentrañar lo que somos y focalizó sus ojos hacia lo que hay «afuera», en este caso hacia el MAR, el cual hizo la cartografía de su cuerpo, no como un micromundo de su presente, sino como el espacio desde el cual lee sus primeros textos, y empezó a poetizar lo que sucedía a su alrededor.

Desde el MAR, Aída dio inicio a sus historias íntimas; historias con evidencias personales, armadas fragmento a fragmento.

Aída comprendió, desde la publicación de su primer poemario «Mi mundo el mar», lo que expresó en una sola línea, en un solo verso, en una sola advertencia, que abría los versos en prosa poética de este libro, cuando sentenció: «El fervor me basta».

Así hizo Aída, desde su fervor hacia el mar. Su cartografía femenina fue un mapa desde el cual empezaría a revelarnos cómo nos imponen en la vida la primacía de la mirada masculina sobre la mirada femenina. Por eso, asumió al MAR como su territorio textual, su territorio ficcional y su territorio ficticio. Presentándonos al MAR como un mundo o mapamundis de comienzos y desconciertos con direcciones desconocidas, puesto que,  allí la movilidad, aparentemente, no es vigilada ni asediada, ya que se está en un territorio universal, cósmico, lejos de ese otro territorio (del mundo patriarcal) en el cual nos vigilan la sexualidad, nos compaginan los roles, y nos trazan los períodos de estancia.

 

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