El Estado como productor de pobreza: la máquina administrativa que genera vulnerabilidad en RD 7/13
- Escrito por Darlin Tiburcio Jiménez
- tamaño de la fuente disminuir el tamaño de la fuente aumentar tamaño de la fuente
- Publicado en Opinión
Cuando la institucionalidad defectuosa se convierte en una fábrica silenciosa de desigualdad.
La pobreza en República Dominicana no es únicamente el resultado de desigualdades históricas ni de decisiones individuales: es también el producto directo de un Estado que fabrica vulnerabilidad mediante sus fallas estructurales. No es un fenómeno accidental ni un efecto colateral inevitable; es una consecuencia sistemática de instituciones que no funcionan, procesos que no se cumplen, leyes que no se aplican y administraciones que, por incapacidad, negligencia o conveniencia política, producen pobreza con la misma consistencia con la que deberían producir desarrollo. El Estado, en vez de ser un mecanismo de reducción de desigualdades, se convierte en un generador de brechas. La pobreza institucional es tan real como la económica.
Las fallas comienzan donde nadie mira. Cada expediente que se pierde, cada proceso que se retrasa, cada permiso que se niega sin fundamento, cada medida que se improvisa, cada documento que se “duerme” en un escritorio, produce un daño económico concreto. El emprendedor que no puede abrir su negocio pierde capital. El agricultor que no recibe asistencia técnica pierde producción. El estudiante que no obtiene un papel a tiempo pierde oportunidades. Cada minuto de ineficiencia estatal genera pobreza directa, pero como no se registra en las estadísticas, el país actúa como si esas fracturas no existieran.
La burocracia dominicana funciona como un impuesto invisible sobre los más vulnerables. Los trámites largos afectan más a quien menos recursos tiene. El pobre no puede esperar semanas por una respuesta. El pobre no puede pagar múltiples viajes al ayuntamiento o al ministerio. El pobre no puede asumir la incertidumbre institucional sin perder ingresos o dignidad. La administración pública, en lugar de ser un soporte, se convierte en un obstáculo. Ese desgaste es una fábrica silenciosa de pobreza.
A esto se suma un fenómeno más reciente y más complejo: la tendencia del Estado a trasladar funciones públicas hacia estructuras fiduciarias o fideicomisos. Se vende como modernización, pero muchas veces sustituye institucionalidad por administración privada. El Estado, en vez de fortalecer sus ministerios, direcciones y empresas públicas, delega su rol en entidades paralelas que operan bajo lógicas comerciales. Esto genera una paradoja: mientras se demuestra al inversionista extranjero que el país es confiable, eficiente y atractivo, no se crean las condiciones para que el ciudadano dominicano participe de manera equitativa en ese mismo modelo económico. Es un desarrollo asimétrico: inclusivo para el capital externo, excluyente para la población interna.
Cada fideicomiso que sustituye al Estado sin fortalecerlo crea una nueva frontera entre quienes pertenecen al desarrollo y quienes quedan al margen de él. Es una frontera silenciosa, donde la eficiencia se convierte en un privilegio y la exclusión en una sentencia. Cuando el Estado entrega funciones estratégicas a estructuras paralelas sin garantizar primero la equidad interna, reproduce una pobreza sofisticada: la pobreza por desplazamiento económico. La persona no se hace pobre porque perdió todo, sino porque quedó fuera del modelo de crecimiento.
Este fenómeno se agrava cuando los beneficios fiscales, las exoneraciones y los incentivos especiales se concentran en grandes proyectos, mientras los ciudadanos comunes reciben mayor presión tributaria, más cargas y menos acceso. El país funciona como una economía dual: una para atraer capital externo; otra para contener a su población local. La desigualdad ya no se mide solo en ingresos, sino en accesibilidad al modelo.
Paralelamente, cuando el Estado reduce su propio personal, fusiona instituciones, elimina departamentos o “racionaliza” nóminas, la consecuencia no es eficiencia administrativa: es pobreza inmediata. Menos plazas públicas significan menos empleo, menos circulación económica y menos movilidad social. La cancelación masiva por cambio de gobierno —sin evaluación técnica alguna— agrava esta situación. Cada cuatro u ocho años el país reinicia su institucionalidad, destruyendo memoria institucional y paralizando proyectos. La política anula la eficiencia, y la improvisación se convierte en rutina.
Esta práctica no solo afecta a quienes salen del sistema, sino también a quienes esperan entrar. En un país donde el aparato estatal actúa como amortiguador social, cada fusión, cada fideicomiso que sustituye funciones y cada congelamiento de plazas limita el acceso laboral para miles de jóvenes capacitados. La pobreza no solo se hereda: también se administra desde arriba.
El centralismo profundiza esta fractura. Santo Domingo concentra recursos y decisiones; los territorios reciben promesas y precariedad. El país funciona como un archipiélago desigual: territorios sin Estado, Estado sin territorio. La migración interna no es progreso: es desplazamiento forzado por abandono institucional.
La falta de controles internos, la corrupción, los procesos sin supervisión, la incompetencia técnica y la precariedad emocional del servidor público completan el cuadro. La pobreza institucional se infiltra en cada trámite, en cada decisión tardía, en cada servicio que no llega. No es el ciudadano quien debe adaptarse al Estado; es el Estado quien debe responder a su gente.
Lo más agridulce de todo es que el Estado reconoce la pobreza económica, pero no reconoce la pobreza institucional que él mismo crea. Habla de eficiencia mientras reduce capacidad. Habla de desarrollo mientras excluye a su propia gente. Habla de crecimiento mientras traslada poder a estructuras paralelas. Y mientras siga ignorando esta dimensión, cualquier política social será un paliativo sobre una herida que el propio sistema mantiene abierta.
Un país no es fuerte por las obras que construye, sino por las instituciones que mantienen en pie a su gente.
Y la pobreza no se derrota mientras el Estado siga siendo su principal fábrica.
El Debido Proceso RD © 2025 Darlin Tiburcio. Todos los derechos reservados.
Artículo anterior: leer aquí.
Se autoriza la reproducción parcial del texto con fines educativos, institucionales o de divulgación, siempre que se cite correctamente la fuente y el autor.
Articulo 7/13. Colección: Territorio y Nación – Ensayos sobre Desarrollo Municipal, Político y Social.





