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Lecciones de Morin para pensar con cabeza propia

Lecciones de Morin para pensar con cabeza propia

Vivimos rodeados de mensajes. El celular ha pasado a ser una especie de “extensión del cuerpo”. Para mucha gente, “la vida está en las redes”. Los videos pasan uno tras otro y las opiniones aparecen como si fueran verdades.

Nunca habíamos tenido tantos mensajes impactando nuestros cerebros. En consecuencia, tampoco había sido tan fácil distraernos, confundirnos y dejarnos llevar por lo primero que aparece en una pantalla.

La partida física de Edgar Morin, uno de los pensadores más importantes de nuestro tiempo, nos deja una pregunta sencilla y urgente: ¿estamos aprendiendo a pensar o solo estamos repitiendo?

Morin enseñó que la educación no debe formar personas con la cabeza llena de datos sueltos, sino con una mente bien ordenada. Así llamó el estudioso a una mente capaz de relacionar, comparar, preguntar y entender el contexto. No basta con saber muchas cosas. Hay que saber para qué sirven, cómo se conectan y cuáles consecuencias tienen en la vida real.

Este mensaje es muy importante en una época donde tanta gente puede ser manipulada con facilidad. Una noticia falsa, una frase llamativa o un video emocional pueden cambiar la opinión de miles de personas en pocos minutos. A eso ayuda quien comparte sin leer, quien cree sin comprobar y sencillamente se dedica a “darle pa’llá”. Así, la conversación pública se vuelve ruido. Y de eso tenemos ahora “en cantidades industriales”.

¿Qué es pensamiento crítico?

Pensar críticamente no significa creer que todo es mentira. Significa aprender a mirar mejor. Significa preguntarse: ¿quién dice esto?, ¿qué pruebas presenta?, ¿qué interés puede tener?, ¿qué parte de la historia no me están contando? Una persona que se hace esas preguntas tiene pensamiento crítico y es menos fácil de engañar.

Morin hablaba del pensamiento complejo. Aunque hay gente que lo relaciona con “difícil”, la idea es fácil de entender: los problemas importantes no tienen una sola causa ni una sola respuesta. La pobreza, la violencia, la educación, el empleo, el ambiente y la democracia están conectados. Si miramos cada tema por separado, entendemos poco. Si aprendemos a ver las relaciones, podremos actuar mejor.

Ocurre que muchas veces confundimos estar informados con estar entretenidos. Pasamos horas mirando contenidos que nos hacen reír, enojar o distraernos, pero pocas veces nos ayudan a entender. Y no es que sea malo divertirse. Hacerlo está muy bien y es parte importante de la vida. El problema es vivir tan distraídos que otros terminan pensando por nosotros y aprovechándose de las ventajas que de ahí puedan sacar.

Impacto en la sociedad

Ese modo de operar tiene sus consecuencias en las sociedades democráticas. Una democracia necesita ciudadanos despiertos. Cuando las personas no analizan, alguien decide por ellas. Por eso tenemos a quienes manipulan emociones, quienes venden miedo, quienes fabrican enemigos y quienes convierten la política en espectáculo.

El asunto es que, sin pensamiento crítico, el ciudadano se vuelve público pasivo: mira, aplaude o se indigna y olvida. Luego “le dan más” de eso mismo o algo parecido, y vuelven con el jueguito del círculo vicioso para que mire, aplauda o se indigne y olvide.

Aunque haya partido físicamente, Morin nos invita a otra cosa. Nos invita a unir conocimiento con responsabilidad. A entender que cada decisión personal afecta a los demás. A reconocer que podemos equivocarnos. Nos invita a escuchar y entender antes de responder. A dudar sin caer en paranoia. A buscar la verdad, aunque sea incómoda.

Ese aprendizaje debe empezar temprano. Desde la niñez se puede aprender a no compartir una información sin revisar, a distinguir una opinión de un hecho. Y también se puede aprender a respetar una idea distinta sin sentirse enemigo de quien la expresa. Eso también es educación ciudadana.

El mejor homenaje a Edgar Morin no es citarlo de memoria, sino practicar sus enseñanzas. Pensar antes de compartir. Preguntar -ojalá que varias veces- antes de creer. Relacionar antes de juzgar. Mirar el conjunto antes de quedarse con un pedazo.

En tiempos de tanta distracción, pensar con cabeza propia es un acto de libertad. Y enseñar a pensar es una de las tareas más importantes para defender la democracia, la dignidad humana y el futuro común.

 

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Vivimos rodeados de mensajes. El celular ha pasado a ser una especie de “extensión del cuerpo”. Para mucha gente, “la vida está en las redes”. Los videos pasan uno tras otro y las opiniones aparecen como si fueran verdades.

Nunca habíamos tenido tantos mensajes impactando nuestros cerebros. En consecuencia, tampoco había sido tan fácil distraernos, confundirnos y dejarnos llevar por lo primero que aparece en una pantalla.

La partida física de Edgar Morin, uno de los pensadores más importantes de nuestro tiempo, nos deja una pregunta sencilla y urgente: ¿estamos aprendiendo a pensar o solo estamos repitiendo?

Morin enseñó que la educación no debe formar personas con la cabeza llena de datos sueltos, sino con una mente bien ordenada. Así llamó el estudioso a una mente capaz de relacionar, comparar, preguntar y entender el contexto. No basta con saber muchas cosas. Hay que saber para qué sirven, cómo se conectan y cuáles consecuencias tienen en la vida real.

Este mensaje es muy importante en una época donde tanta gente puede ser manipulada con facilidad. Una noticia falsa, una frase llamativa o un video emocional pueden cambiar la opinión de miles de personas en pocos minutos. A eso ayuda quien comparte sin leer, quien cree sin comprobar y sencillamente se dedica a “darle pa’llá”. Así, la conversación pública se vuelve ruido. Y de eso tenemos ahora “en cantidades industriales”.

¿Qué es pensamiento crítico?

Pensar críticamente no significa creer que todo es mentira. Significa aprender a mirar mejor. Significa preguntarse: ¿quién dice esto?, ¿qué pruebas presenta?, ¿qué interés puede tener?, ¿qué parte de la historia no me están contando? Una persona que se hace esas preguntas tiene pensamiento crítico y es menos fácil de engañar.

Morin hablaba del pensamiento complejo. Aunque hay gente que lo relaciona con “difícil”, la idea es fácil de entender: los problemas importantes no tienen una sola causa ni una sola respuesta. La pobreza, la violencia, la educación, el empleo, el ambiente y la democracia están conectados. Si miramos cada tema por separado, entendemos poco. Si aprendemos a ver las relaciones, podremos actuar mejor.

Ocurre que muchas veces confundimos estar informados con estar entretenidos. Pasamos horas mirando contenidos que nos hacen reír, enojar o distraernos, pero pocas veces nos ayudan a entender. Y no es que sea malo divertirse. Hacerlo está muy bien y es parte importante de la vida. El problema es vivir tan distraídos que otros terminan pensando por nosotros y aprovechándose de las ventajas que de ahí puedan sacar.

Impacto en la sociedad

Ese modo de operar tiene sus consecuencias en las sociedades democráticas. Una democracia necesita ciudadanos despiertos. Cuando las personas no analizan, alguien decide por ellas. Por eso tenemos a quienes manipulan emociones, quienes venden miedo, quienes fabrican enemigos y quienes convierten la política en espectáculo.

El asunto es que, sin pensamiento crítico, el ciudadano se vuelve público pasivo: mira, aplaude o se indigna y olvida. Luego “le dan más” de eso mismo o algo parecido, y vuelven con el jueguito del círculo vicioso para que mire, aplauda o se indigne y olvide.

Aunque haya partido físicamente, Morin nos invita a otra cosa. Nos invita a unir conocimiento con responsabilidad. A entender que cada decisión personal afecta a los demás. A reconocer que podemos equivocarnos. Nos invita a escuchar y entender antes de responder. A dudar sin caer en paranoia. A buscar la verdad, aunque sea incómoda.

Ese aprendizaje debe empezar temprano. Desde la niñez se puede aprender a no compartir una información sin revisar, a distinguir una opinión de un hecho. Y también se puede aprender a respetar una idea distinta sin sentirse enemigo de quien la expresa. Eso también es educación ciudadana.

El mejor homenaje a Edgar Morin no es citarlo de memoria, sino practicar sus enseñanzas. Pensar antes de compartir. Preguntar -ojalá que varias veces- antes de creer. Relacionar antes de juzgar. Mirar el conjunto antes de quedarse con un pedazo.

En tiempos de tanta distracción, pensar con cabeza propia es un acto de libertad. Y enseñar a pensar es una de las tareas más importantes para defender la democracia, la dignidad humana y el futuro común.

 

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