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¿Estamos listos? El espejo incómodo que Venezuela nos pone enfrente

Danilo Minaya. Danilo Minaya.

24 de junio de 2026, fecha en la que un doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5 azotó el norte de Venezuela, ha dejado una cicatriz profunda en la región. Las devastadoras imágenes de Caracas y La Guaira, con más de un centenar de edificaciones colapsadas y una trágica cifra que supera las 1,700 víctimas, no deben ser interpretadas como un castigo divino o un asunto de "mala suerte". Este desastre representa la demostración empírica y letal de lo que ocurre cuando el crecimiento urbano ignora deliberadamente la ciencia de la Tierra.

 

Para la República Dominicana y el resto de América Latina, este trágico escenario no es ajeno, es un espejo incómodo y un escandaloso llamado de alerta, que nos obliga a entender que la gestión de riesgo no es un trámite burocrático, sino una prioridad de supervivencia nacional.

La realidad es que el planeta se encuentra en constante movimiento, pero las tragedias urbanas ante eventos naturales son el resultado directo del desconocimiento, la negligencia humana y las malas prácticas constructivas. En nuestro contexto geológico, la vulnerabilidad sísmica es una realidad latente debido a la interacción de la Placa de Norteamérica y la Placa del Caribe, la cual se desplaza a una velocidad de aproximadamente dos centímetros anuales. Esta colisión continua acumula una inmensa energía elástica que se libera abruptamente a través de fallas geológicas. Aunque nuestro territorio alberga al menos 14 fallas, la Falla Septentrional representa la mayor amenaza estructural en tierra firme, al atravesar la región del Cibao, una zona de altísima densidad demográfica asentada sobre suelos blandos y sedimentarios.

El reciente desastre en Venezuela validó con crudeza el denominado "efecto de sitio" o la amplificación por tipo de suelo. Las investigaciones técnicas post-sismo en Caracas y La Guaira revelaron que la combinación de torres altas levantadas sobre cuencas sedimentarias provocó que las estructuras colapsaran como un dominó. Este fenómeno recrea perfectamente el espejo histórico del terremoto de 1946 en la Bahía de Samaná (magnitud 8.1), donde se demostró el comportamiento diferencial del terreno y cómo las zonas costeras bajas sufren el mayor impacto, lo que obligó en aquel momento a refundar comunidades enteras como Nagua, lejos del peligro inmediato. Ignorar la composición del subsuelo condena irreversiblemente a las edificaciones a sufrir asentamientos diferenciales o colapsos estructurales catastróficos.

A esta complejidad geológica se suma el peligro del diseño arquitectónico inadecuado, evidenciado en el fenómeno del "piso blando" o planta libre. En el sismo venezolano de 2026, gran parte de la destrucción ocurrió en complejos residenciales de las décadas de 1950 y 1960 que omitieron las normas antisísmicas, sufriendo fallas devastadoras en sectores como Altamira, debido a la rigidez inadecuada de sus primeros niveles. Este error es una réplica exacta de lo observado en el terremoto de Puerto Plata en 2003 (magnitud 6.4), donde los primeros niveles abiertos destinados a comercios o estacionamientos, carentes de suficiente refuerzo transversal y estribos en los nodos, provocaron que las columnas se quebraran ante la oscilación lateral, desplomando las plantas superiores.

La proliferación de viviendas “informales” y la autoconstrucción sin supervisión profesional constituyen el verdadero cáncer urbano de América Latina. El colapso del desarrollo habitacional Hugo Chávez y las graves afectaciones en Catia La Mar, son un reflejo idéntico del peligro que corren miles de familias dominicanas que levantan sus hogares en laderas inestables, cuencas fluviales o directamente sobre las trazas de fallas activas. Construir sin criterios técnicos ni fiscalización, transforma los hogares en trampas mortales ante el inevitable desplazamiento del suelo provocado por esfuerzos de cizallamiento y torsión.

Frente a este panorama, el diseño sismo-resistente debe consolidarse como una obligación ética y técnica. Su objetivo no es necesariamente mantener un edificio intacto, sino dotarlo de la ductilidad necesaria para balancearse y agrietarse sin colapsar, salvaguardando vidas.

Para mitigar esta vulnerabilidad, los gobiernos deben exigir de forma irrestricta la realización de estudios geotécnicos obligatorios, para adaptar las cimentaciones a la dureza del terreno. Asimismo, la fiscalización rigurosa del reglamento para el análisis y diseño sísmico de estructuras, debe ser la ley máxima de diseño, complementándose con tecnologías de vanguardia como aisladores sísmicos y la readecuación o retrofitting de infraestructuras públicas vulnerables, construidas antes de las normativas modernas.

La lección más urgente que nos deja la tragedia actual, radica en la necesidad de construir una verdadera cultura de educación sísmica ciudadana. La prevención no puede ser reactiva; las academias y escuelas deben liderar la enseñanza didáctica de qué hacer antes, durante y después de un sismo. Cuidar la naturaleza implica entender los límites del suelo que pisamos; no podemos evitar que las placas tectónicas liberen su energía, pero la educación y la responsabilidad constructiva son las únicas herramientas capaces de transformar un fenómeno geológico inevitable, en un evento del cual nuestras ciudades puedan levantarse con resiliencia.

 

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