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La otra mitad del cielo: mujeres que cambiaron el pensamiento y sembraron la paz

Edgar Reyes. Edgar Reyes.

Hay una pregunta que la historia aún nos debe responder: ¿qué civilización habríamos construido si nunca hubiésemos silenciado la voz de la mitad de la humanidad?

Las grandes revoluciones del pensamiento suelen contarse con nombres masculinos. Se nos habla de Sócrates, Platón, Aristóteles, Descartes, Kant o Nietzsche. Sin embargo, detrás de esa narración aparentemente completa existe una ausencia que no responde a la falta de talento femenino, sino a siglos de exclusión. La historia no siempre recuerda a quienes hicieron menos; con frecuencia recuerda únicamente a quienes se les permitió hacer más.

Quizá el mayor error de nuestra civilización no haya sido una guerra ni una crisis económica. Tal vez haya sido creer que el conocimiento, el poder o la razón tenían sexo.

La humanidad decidió caminar apoyándose únicamente sobre una de sus piernas. Y cuando una sociedad renuncia al talento de la mitad de sus ciudadanos, no solo comete una injusticia; se condena voluntariamente a avanzar más despacio.

La paz, entendida no como el simple silencio de las armas, sino como la armonía entre la justicia, la libertad y la dignidad humana, jamás podrá construirse dejando fuera a las mujeres. Porque la paz nace primero en las ideas y, antes aún, en la manera en que aprendemos a mirar al otro.

No es casual que Platón, considerado el gran arquitecto de la filosofía política, afirmara que una ciudad nunca alcanzaría su máximo desarrollo mientras hombres y mujeres no pudieran desempeñar las mismas funciones conforme a sus capacidades. Más de dos mil años después seguimos intentando comprender la profundidad de aquella intuición.

La filosofía posee una virtud extraordinaria: nos enseña a preguntar allí donde todos creen tener respuestas. Y cuando preguntamos honestamente por la historia de las mujeres descubrimos que su ausencia en los libros no fue una consecuencia de su incapacidad, sino del silencio que otros escribieron en su nombre.

Hiparquía de Maronea comprendió que el pensamiento no podía encerrarse entre las paredes de una casa. Mientras la sociedad esperaba de ella la obediencia, eligió la libertad intelectual. Su sola existencia cuestionó una tradición que pretendía reservar la razón para los hombres y el hogar para las mujeres. No necesitó ejércitos; le bastó el valor de pensar.

Aspasia de Mileto hizo de la palabra un instrumento de transformación. Maestra de retórica y consejera de algunos de los hombres más influyentes de Atenas, demostró que la inteligencia nunca ha necesitado permiso para existir, aunque muchas veces haya necesitado valentía para manifestarse.

Cada una de estas mujeres abrió una pequeña grieta en un muro que parecía eterno. Y así avanza siempre la historia: primero aparece alguien que desafía lo imposible; después descubrimos que aquello era simplemente lo justo.

Pero quizá exista un capítulo aún menos reconocido: el papel de la mujer en la expansión del cristianismo.

La historia suele recordar a los apóstoles, a los concilios y a los grandes teólogos. Sin embargo, el Evangelio comienza con el "sí" de una mujer. María no solo aceptó una misión extraordinaria; aceptó también cargar con la incertidumbre, el juicio social y el peso de una esperanza que transformaría la historia.

Y cuando el sepulcro apareció vacío, el primer anuncio de la Resurrección fue confiado a otra mujer: María Magdalena. Resulta profundamente simbólico que el acontecimiento central del cristianismo comenzara siendo anunciado por quien durante siglos fue injustamente reducida a caricaturas históricas.

Después vendrían Priscila, Lidia, Febe y tantas otras mujeres anónimas que sostuvieron las primeras comunidades cristianas, enseñaron la fe dentro de sus hogares, protegieron a los perseguidos y transmitieron valores de generación en generación. El cristianismo no se expandió únicamente por la fuerza de los sermones; también lo hizo gracias a la silenciosa pedagogía del cuidado.

Quizá por eso toda sociedad comienza realmente a transformarse cuando comprende el valor educativo de sus mujeres.

La Revolución Francesa proclamó los Derechos del Hombre mientras olvidaba a las mujeres. Olympe de Gouges tuvo el coraje de señalar aquella contradicción y escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Su recompensa fue la guillotina. La historia suele ser cruel con quienes llegan demasiado temprano.

Más adelante, Flora Tristán denunciaría que gran parte de las injusticias sociales nacían del desprecio hacia la mujer. Su pensamiento no buscaba enfrentar sexos; pretendía liberar a la sociedad de una desigualdad que empobrecía a todos.

El siglo XX terminaría de demostrar que el pensamiento femenino no era una excepción, sino una fuerza intelectual imprescindible. Hannah Arendt enseñó que el mayor peligro para una sociedad aparece cuando los ciudadanos renuncian a pensar. Simone de Beauvoir cuestionó estructuras culturales que parecían inamovibles. Lou Andreas-Salomé exploró con profundidad el alma humana cuando muchos preferían recordar únicamente su vida sentimental. Ayn Rand defendió con pasión la libertad individual desde una filosofía polémica pero imposible de ignorar. Carol Gilligan nos recordó que la ética no solo puede construirse desde la justicia, sino también desde el cuidado.

Cada una pensó de manera distinta. Y precisamente ahí reside la riqueza de la filosofía: no en fabricar unanimidades, sino en ampliar el horizonte de lo posible.

El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer escribió que comprender al otro exige reconocer que también puede tener razón. Tal vez ese principio sea hoy más necesario que nunca. Porque ninguna democracia madura puede sostenerse sobre la exclusión, ningún desarrollo puede consolidarse ignorando el talento femenino y ninguna cultura puede llamarse plenamente humana mientras continúe invisibilizando parte de su propia inteligencia.

La paz mundial no comenzará en las mesas de negociación ni en los tratados internacionales. Comenzará cuando aprendamos a educar ciudadanos capaces de pensar, dialogar y reconocer la dignidad del otro. Y esa tarea, desde el origen de la civilización, ha tenido en las mujeres a algunas de sus principales protagonistas.

No se trata de sustituir una hegemonía por otra. Tampoco de escribir una historia contra los hombres. Se trata, simplemente, de completar una historia que durante siglos fue contada con una sola voz.

Porque una humanidad que escucha únicamente a los hombres se parece a un ave que pretende volar con una sola ala.

Y ninguna civilización puede aspirar a la paz mientras continúe renunciando a la inmensa riqueza intelectual, moral y espiritual de la otra mitad del cielo.

El autor es docente, filósofo PCP, escritor y estratega LSSBB.

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