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Lecciones del Mundial 2026

Lecciones del Mundial 2026

Mientras seguía las incidencias del Mundial, un jugador comenzó a llamar grandemente mi atención. No fue únicamente por sus movimientos, por su manera de interactuar ni por esa seguridad impropia de su edad. Algo en Lamine Yamal, más allá del fútbol, me despertó curiosidad. Quise saber quién era aquel muchacho capaz de jugar como si no sintiera el ruido del estadio.

Buscando información encontré una expresión suya: “Sé que el camino es muy largo y que tengo muchas cosas que mejorar”. La leí dos veces. Tal vez porque uno espera de una estrella joven una declaración más grandilocuente, más ostentosa, más cercana a la vanidad. Pero él hablaba del camino. No de la cima. Y creo que ahí tenemos una primera gran lección.

Aunque todavía me considero muy lejos de ser hincha, mi interés por el muchacho de 19 años y por el fútbol está aumentando. Por eso hurgué en sus ancestros en Marruecos y Guinea Ecuatorial. Pero también he buscado en su entorno, en el deporte.

Más lecciones

He observado talento, pero también jugadores corriendo para cubrir al compañero, suplentes celebrando desde el banco, defensas aceptando hacer el trabajo odioso. Por eso debe ser que el dirigente español Luis de la Fuente dice: cuando se comparte un objetivo, cada futbolista lo deja todo por el otro. Lección: el camino nunca se recorre solo.

Una noche pensé en nuestros pueblos. Aquí también abundan las personas hábiles, pero muchas veces falta el equipo. Cada quien empuja por su lado, cuida su pequeño espacio y sospecha del vecino. Nos mueven a competir antes que a colaborar. Por eso cuesta tanto reparar una carretera, defender una escuela o ponerse de acuerdo para escoger una prioridad. Lección: sobran talentos; faltan caminos compartidos.

El seleccionador de Cabo Verde, Bubista, dio otra pista. Explicó que su equipo había terminado la primera fase sin perder gracias a la organización y al espíritu colectivo. No habló de suerte. Habló de orden. Pensé entonces que no es suficiente con que nuestra gente sea sana. También necesitamos horarios, responsabilidades, reuniones, tareas y la disciplina de cumplir lo prometido.

Anthony Gordon, del equipo inglés, dijo lo siguiente como si hablara para nosotros: estar juntos significa impulsarnos, ayudar al compañero y avanzar por el mismo camino hacia un objetivo. Me imaginé a un equipo deteniéndose para levantar a quien cae. Después imaginé un barrio haciendo lo mismo con el joven que abandona la escuela, la familia que pierde su casa o el anciano que vive solo.

Fue entonces cuando entendí por qué el fútbol despierta emociones que la política, la escuela y hasta la iglesia a veces no consiguen reunir. Un partido crea, durante un rato, un “nosotros”. El desafío está en evitar que ese “nosotros” termine junto con el juego. Lección: si se llena un estadio de camisetas distintas, también se puede unir manos para mejorar el lugar donde vivimos.

Ejemplos de integración

Retomo a Lamine Yamal, con su expresión legendaria sobre Francia y España como ejemplos de integración. “De eso se trata el fútbol”, dijo. Miré las alineaciones y comprendí que el equipo no pedía a nadie borrar su origen. Cada jugador llevaba su historia, su acento familiar y su color de piel. La unidad no nacía de parecerse, sino de aprender a jugar juntos.

Al final, de España y Argentina hay lecciones clave: Ferran Torres dijo que el gol ganador pertenecía a millones de personas. Messi habló del apoyo de todo un país. Las dos voces parecían responder a la misma pregunta: ¿de quién es una victoria? De quien anota, sí, pero también de quien entrena, acompaña, cura, escucha, organiza y cree. El triunfo es una casa construida por muchas manos.

Cuando terminó el Mundial, volví a la primera frase de Lamine Yamal. El camino era largo. Lo era para él y también para nosotros. Aprender a convivir, confiar y trabajar juntos no ocurre de repente. Se practica, como un pase, hasta que sale bien.

Ahora miro el fútbol de otra manera. Ya no veo solamente goles y trofeos. Veo un ensayo de sociedad. Y pienso que, si somos capaces de cuidarnos dentro de una cancha, todavía podemos aprender a cuidarnos fuera de ella, a cuidarnos como comunidad.

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Mientras seguía las incidencias del Mundial, un jugador comenzó a llamar grandemente mi atención. No fue únicamente por sus movimientos, por su manera de interactuar ni por esa seguridad impropia de su edad. Algo en Lamine Yamal, más allá del fútbol, me despertó curiosidad. Quise saber quién era aquel muchacho capaz de jugar como si no sintiera el ruido del estadio.

Buscando información encontré una expresión suya: “Sé que el camino es muy largo y que tengo muchas cosas que mejorar”. La leí dos veces. Tal vez porque uno espera de una estrella joven una declaración más grandilocuente, más ostentosa, más cercana a la vanidad. Pero él hablaba del camino. No de la cima. Y creo que ahí tenemos una primera gran lección.

Aunque todavía me considero muy lejos de ser hincha, mi interés por el muchacho de 19 años y por el fútbol está aumentando. Por eso hurgué en sus ancestros en Marruecos y Guinea Ecuatorial. Pero también he buscado en su entorno, en el deporte.

Más lecciones

He observado talento, pero también jugadores corriendo para cubrir al compañero, suplentes celebrando desde el banco, defensas aceptando hacer el trabajo odioso. Por eso debe ser que el dirigente español Luis de la Fuente dice: cuando se comparte un objetivo, cada futbolista lo deja todo por el otro. Lección: el camino nunca se recorre solo.

Una noche pensé en nuestros pueblos. Aquí también abundan las personas hábiles, pero muchas veces falta el equipo. Cada quien empuja por su lado, cuida su pequeño espacio y sospecha del vecino. Nos mueven a competir antes que a colaborar. Por eso cuesta tanto reparar una carretera, defender una escuela o ponerse de acuerdo para escoger una prioridad. Lección: sobran talentos; faltan caminos compartidos.

El seleccionador de Cabo Verde, Bubista, dio otra pista. Explicó que su equipo había terminado la primera fase sin perder gracias a la organización y al espíritu colectivo. No habló de suerte. Habló de orden. Pensé entonces que no es suficiente con que nuestra gente sea sana. También necesitamos horarios, responsabilidades, reuniones, tareas y la disciplina de cumplir lo prometido.

Anthony Gordon, del equipo inglés, dijo lo siguiente como si hablara para nosotros: estar juntos significa impulsarnos, ayudar al compañero y avanzar por el mismo camino hacia un objetivo. Me imaginé a un equipo deteniéndose para levantar a quien cae. Después imaginé un barrio haciendo lo mismo con el joven que abandona la escuela, la familia que pierde su casa o el anciano que vive solo.

Fue entonces cuando entendí por qué el fútbol despierta emociones que la política, la escuela y hasta la iglesia a veces no consiguen reunir. Un partido crea, durante un rato, un “nosotros”. El desafío está en evitar que ese “nosotros” termine junto con el juego. Lección: si se llena un estadio de camisetas distintas, también se puede unir manos para mejorar el lugar donde vivimos.

Ejemplos de integración

Retomo a Lamine Yamal, con su expresión legendaria sobre Francia y España como ejemplos de integración. “De eso se trata el fútbol”, dijo. Miré las alineaciones y comprendí que el equipo no pedía a nadie borrar su origen. Cada jugador llevaba su historia, su acento familiar y su color de piel. La unidad no nacía de parecerse, sino de aprender a jugar juntos.

Al final, de España y Argentina hay lecciones clave: Ferran Torres dijo que el gol ganador pertenecía a millones de personas. Messi habló del apoyo de todo un país. Las dos voces parecían responder a la misma pregunta: ¿de quién es una victoria? De quien anota, sí, pero también de quien entrena, acompaña, cura, escucha, organiza y cree. El triunfo es una casa construida por muchas manos.

Cuando terminó el Mundial, volví a la primera frase de Lamine Yamal. El camino era largo. Lo era para él y también para nosotros. Aprender a convivir, confiar y trabajar juntos no ocurre de repente. Se practica, como un pase, hasta que sale bien.

Ahora miro el fútbol de otra manera. Ya no veo solamente goles y trofeos. Veo un ensayo de sociedad. Y pienso que, si somos capaces de cuidarnos dentro de una cancha, todavía podemos aprender a cuidarnos fuera de ella, a cuidarnos como comunidad.

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