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República Dominicana: el país que crece... ¿pero realmente se desarrolla?

Edgar Reyes Montero. Edgar Reyes Montero.

Cada vez que se anuncian los resultados de la economía dominicana aparece el mismo titular:

 

"La República Dominicana vuelve a liderar el crecimiento económico de América Latina."

Y no es mentira.

Durante los últimos años, el país ha mantenido uno de los ritmos de expansión económica más altos de la región. El turismo rompe récords, las zonas francas exportan más, la construcción se multiplica y la inversión extranjera continúa llegando. El PIB dominicano supera ya los 127 mil millones de dólares y el ingreso por habitante ha aumentado de manera importante durante la última década.

Sin embargo, basta salir a cualquier ciudad del país para encontrar una pregunta incómoda:

¿Por qué si la economía crece, tanta gente siente que vive igual o incluso peor?

La respuesta está en una diferencia que muchas veces olvidamos:

Crecer no es lo mismo que desarrollarse.

Crecer significa producir más.

Desarrollarse significa vivir mejor.

Un país puede crecer un 5 %, construir más hoteles, vender más bienes y atraer más inversiones.

Pero si al mismo tiempo:

  • Las escuelas no mejoran;
  • Los hospitales siguen saturados;
  • Los tapones aumentan cada año;
  • El acceso al agua sigue siendo limitado en muchas comunidades;
  • Los salarios reales avanzan lentamente frente al costo de vida;
  • La movilidad social sigue siendo difícil.

Entonces estamos creciendo...

pero no necesariamente desarrollándonos.

Imagine dos familias.

La primera gana este año un 20 % más dinero que el anterior.

Pero siguen viviendo en una casa deteriorada, sus hijos reciben la misma educación deficiente y deben gastar más tiempo y dinero para trasladarse.

La segunda familia apenas aumentó sus ingresos un 8 %.

Sin embargo:

  • mejoró la educación de sus hijos;
  • tiene acceso a mejor salud;
  • redujo el tiempo de transporte;
  • puede ahorrar;
  • vive en un entorno más seguro.

¿Cuál realmente progresó?

La segunda.

Porque el desarrollo mide la calidad de vida.

No solamente el dinero producido.

La gran diferencia

El crecimiento responde a la pregunta:

¿Cuánto produce el país?

Mientras que el desarrollo responde a otra mucho más importante:

¿Cómo viven las personas que producen esa riqueza?

Esa diferencia cambia absolutamente todo.

República Dominicana: una economía fuerte con desafíos pendientes

Nuestro país tiene motivos para sentirse orgulloso.

Durante años ha demostrado resiliencia económica.

Ha recuperado el turismo rápidamente.

Las zonas francas se fortalecen.

La inversión extranjera continúa llegando.

El sector servicios mantiene dinamismo.

Todo eso genera riqueza.

Pero ahora viene la pregunta difícil.

¿Esa riqueza está transformando la vida cotidiana de todos los dominicanos?

Cuando observamos indicadores de desarrollo aparecen desafíos importantes.

Todavía existen grandes diferencias entre provincias.

No todas las comunidades tienen acceso a servicios públicos de igual calidad.

La productividad laboral continúa siendo baja en muchos sectores.

Persisten altos niveles de informalidad.

La movilidad urbana consume miles de horas productivas cada día.

Y la percepción ciudadana muchas veces no coincide con las cifras macroeconómicas.

Porque una economía puede verse excelente en las estadísticas mientras la experiencia diaria de la población cuenta una historia distinta.

El verdadero reto del siglo XXI

Durante décadas el gran objetivo era crecer.

Hoy ese objetivo ya no es suficiente.

Las economías más exitosas del mundo entendieron que el verdadero desarrollo ocurre cuando el crecimiento se convierte en:

  • mejores escuelas;
  • hospitales eficientes;
  • transporte moderno;
  • instituciones confiables;
  • innovación;
  • empleos de calidad;
  • ciudades organizadas;
  • menor desigualdad;
  • oportunidades para todos.

No basta con aumentar el tamaño del pastel.

Hay que asegurarse de que ese crecimiento transforme la vida de las personas.

¿Qué necesita la República Dominicana?

El país ya demostró que sabe crecer.

Ahora necesita demostrar que sabe desarrollarse.

Eso implica invertir con mayor intensidad en el capital humano: educación, ciencia, innovación y capacitación laboral. También requiere fortalecer las instituciones, planificar el crecimiento urbano, elevar la productividad, reducir la informalidad y asegurar que el progreso económico llegue a todas las regiones y no solo a los principales polos de desarrollo.

El desafío ya no consiste únicamente en atraer inversiones, sino en convertirlas en bienestar sostenible para la mayoría de la población.

La verdadera medida del éxito

Dentro de veinte años nadie recordará cuánto creció el PIB en un año determinado.

Lo que sí recordarán los ciudadanos será si pudieron acceder a una educación de calidad, si encontraron un empleo digno, si recibieron atención médica oportuna, si sus hijos tuvieron mejores oportunidades y si pudieron vivir en ciudades más seguras y organizadas.

Porque el crecimiento llena las estadísticas.

El desarrollo cambia la vida de las personas.

Y esa es la diferencia entre una economía que simplemente produce más y una nación que realmente progresa.

 

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