Traumas en la Cámara de Cuentas
- Escrito por Nelson Encarnación
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- Publicado en Opinión
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La composición de las últimas gestiones de la Cámara de Cuentas le ha generado a la sociedad dominicana una serie de traumas de los cuales no se repone, lo que deriva en una suspicacia permanente respecto de cuál sería el comportamiento de los siguientes que resulten designados en ese órgano de control.
Probablemente muchos solo recuerdan el peor de esos traumas, cuyo desenlace fue un juicio político en el Congreso Nacional—el primero de su tipo en democracia—provocado por rebatiñas internas entre los miembros de entonces, que eran nueve, creando una Torre de Babel insalvable que desembocó en aquel proceso.
El siguiente desastre en la Cámara de Cuentas provocaría el insólito allanamiento a su sede, ejecutado por el Ministerio Público, con la incautación de cientos de expedientes como presuntas evidencias de hechos punibles, y de lo cual jamás se volvió a hablar.
Y llegamos a más reciente desbarajuste institucional, con el actual presidente del órgano demandado por presunto acoso a dos servidoras de la Cámara, cuyo expediente se disolvió en el camino; esto en adición a las permanentes desavenencias internas que provocaron prácticamente la paralización del trabajo fundamental de la Cámara: hacer auditorías.
Es decir, ese órgano constitucional ha atravesado por una arritmia solo explicable a partir de la conducta que nos caracteriza como individuos, esto es, el autoritarismo innato.
La reforma constitucional del año 2010 y las siguientes, perdieron una gran oportunidad de dotar a la Cámara de Cuentas de una tranquilidad permanente, al no acoger recomendaciones bien sustentadas sobre la conveniencia de hacer de ella un órgano unipersonal en su dirección.
Una de ellas la formuló el buen amigo Andrés Terrero, quien—con el conocimiento adquirido durante su presidencia naufragada por las rebatiñas internas—entendía que la CCRD haría un mejor trabajo si dejaba de ser un órgano colegiado.
Al menos se evitaban los conflictos que se generan cuando se reúnen egos sin domeñar, que terminan convirtiendo a los individuos casi en intratables en un ambiente entre iguales.
El Senado está inmerso en la evaluación de las 15 personas que la Cámara de Diputados le sometió, de las que emergerán los integrantes para los próximos cuatro años.
Las expectativas están cifradas en que los senadores escojan a las personas más idóneas, y que luego estas respondan a la sociedad.