De la esperanza al desencanto: la herencia que cargamos
- Escrito por Miguel Rojas Agosto
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Miguel Rojas Agosto.
La política, al igual que la medicina, se fundamenta en la confianza. El paciente llega al consultorio con la expectativa de encontrar alivio, ser escuchado y acompañado en su sufrimiento. Ese mismo paciente, convertido en ciudadano, acude a las urnas con idénticas expectativas: confía en que otra persona, desde el poder, atenderá sus dolores colectivos. Sin embargo, tanto en la consulta clínica como en la vida pública, la decepción emerge cuando la respuesta no corresponde a lo prometido. Así transitamos, una y otra vez, de la esperanza al desencanto.
Este desencanto no es un fenómeno aislado; se transforma en una dolencia crónica que se transmite de generación en generación, como una enfermedad hereditaria que recibimos de nuestros padres y legamos a nuestros hijos. Los pueblos cargan con la herencia de instituciones debilitadas, promesas incumplidas y líderes que olvidan que la confianza es un recurso vital. En medicina lo sabemos: cuando un paciente pierde la fe en su médico, no solo deja de tomar su medicamento, sino que también renuncia a la posibilidad de sanar. En la política ocurre lo mismo: cuando los ciudadanos dejan de creer, también renuncian a la posibilidad de transformación.
Como médico familiar y comunitario, entiendo que la salud no depende solo de recetar pastillas; requiere observar al paciente en su contexto, comprender su entorno y prevenir antes que curar. La política debería operar con esa misma lógica. No basta con improvisar medidas cuando el mal ya se ha propagado, como una metástasis. Se necesita una visión preventiva que actúe sobre las raíces de la desigualdad, la pobreza y la exclusión.
El desencanto que vivimos como país es el resultado de haber ignorado esa perspectiva integral. Estamos legando un sistema que responde a crisis inmediatas, pero que no construye soluciones duraderas. La corrupción se convierte en fiebre recurrente, la desigualdad en esa hipertensión arterial que se eleva hasta dañar órganos diana, y la falta de oportunidades se transforma en heridas que nunca cicatrizan. Lo más grave es que estas dolencias sociales se normalizan, como si fueran parte inevitable de nuestro destino.
Pero así como la genética no determina por completo la salud de una persona, en la política la herencia social no tiene por qué definir nuestro futuro. Con una prevención adecuada, con hábitos distintos y con un compromiso firme, es posible romper el ciclo del desencanto. La esperanza no puede ser una promesa vacía; debe cultivarse, nutrirse y traducirse en hechos concretos que respondan a las necesidades de la gente.
Cargamos con una herencia pesada, sí, pero tenemos la oportunidad de transformarla. Un país sano no se construye solo desde el gobierno, ni únicamente desde la oposición; se edifica desde una visión común que ponga al ciudadano en el centro de las políticas públicas, como un paciente que merece la mejor atención. La política debe aprender de la medicina que prevenir es más sabio que curar y que escuchar siempre será más poderoso que imponer.
El desafío que tenemos está planteado: Juntos podemos. De nosotros depende que la esperanza no muera en el desencanto, sino que se convierta en el motor de una herencia distinta: la de una sociedad que aprendió, al fin, a sanar.





