Pobreza fabricada: la maquinaria silenciosa que produce 4/13
- Escrito por Darlin Tiburcio Jiménez
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Darlin Tiburcio Jiménez.
Hay pobrezas que se heredan, pobrezas que se aprenden y pobrezas que se imponen. Pero existe una forma más oscura, más compleja y más difícil de reconocer: la pobreza fabricada. Esa que no nace de la carencia natural, sino de decisiones humanas. Esa que no surge de la escasez, sino de la negligencia y del diseño institucional. Esa que no llega por accidente, sino por planificación defectuosa, por omisiones repetidas, por políticas que, en vez de crear progreso, producen limitaciones estructurales que se convierten en trampas generacionales.
La pobreza fabricada no es un accidente moral: es un proceso. Un proceso construido pieza por pieza, década tras década, hasta convertirse en una maquinaria silenciosa que produce vulnerabilidad del mismo modo que una fábrica produce mercancías. Sus engranajes son conocidos: educación insuficiente, oportunidades concentradas, empleos informales, salarios precarios, servicios públicos inconsistentes, planificación territorial ausente y un Estado que llega tarde, incompleto o nunca llega. Cada una de estas fallas, de manera aislada, parece un simple error. Pero juntas forman una estructura que crea pobres todos los días, incluso cuando el país presume crecimiento económico.
La pobreza también se fabrica desde los gobiernos locales, aunque casi nadie lo diga. Se fabrica cuando un ayuntamiento contrata decenas o cientos de personas con salarios que no llegan al mínimo legal, condenándolos a una vida laboral sin movilidad, sin seguridad social real, sin acceso a bienes esenciales y sin posibilidad de ahorrar un solo peso. Se fabrica cuando las autoridades municipales permiten, por comodidad política, que el territorio se desordene, que los barrios crezcan sin planificación, que se construya donde no se debe, que se invadan áreas públicas, que se ocupen cañadas, bordes de ríos, terrenos inestables, sabiendo que ellos mismos aprobaron regulaciones que prohíben exactamente eso. La pobreza se fabrica cuando la institución mira hacia otro lado mientras la comunidad se autoconstruye sobre riesgo, para luego desalojarla veinte años después, pretendiendo desconocer que esa misma comunidad un día pidió permiso y nunca recibió respuesta.
La pobreza fabricada también nace cuando un gobierno local promete una obra y no la cumple, cuando promete invertir en agua, drenaje, caminos, educación territorial o reordenamiento urbano y pospone todo para “más adelante”, hasta que la necesidad se vuelve irreversible. Cuando la política local deja de ser servicio y se convierte en protección de compañeros, cuando se sacrifican políticas públicas por conveniencia partidaria, cuando se nombra primero y se planifica después. Todos esos actos —aparentemente pequeños— producen pobreza real: pobreza de oportunidades, de derechos, de acceso, de seguridades, de futuro.
El Estado central no se queda atrás. Fabrican pobreza cuando levantan condominios sin educar a la población en convivencia, mantenimiento, gestión comunitaria, administración de espacios comunes. Fabrican pobreza cuando entregan viviendas sin servicios, sin rutas de transporte, sin oportunidades laborales cercanas, sin escuelas suficientes, convirtiendo la vivienda en una caja aislada que la gente agradece, pero que no cambia su vida. Fabrican pobreza cuando permiten construcciones improvisadas a orillas de ríos durante años, solo para desalojarlas décadas después, culpar al ciudadano y no a la autoridad que lo dejó instalarse allí. Fabrican pobreza cuando convierten la ley en un adorno y la planificación en un discurso.
Cada una de estas decisiones, por sí sola, genera vulnerabilidad. Juntas, generan una pobreza que no solo se hereda: se reproduce en cadena. Y esa cadena se fortalece cuando el Estado maquilla lo que creó, cuando presume cifras, informes y diagnósticos que muestran una reducción estadística que no se traduce en la vida de nadie. La pobreza fabricada no se maquilla: se reconoce y se enfrenta. Pero un país que maquilla cifras lo que busca no es reducir pobreza, sino reducir responsabilidad.
En países como Costa Rica y Panamá, se entiende que la pobreza se combate desde el territorio, no desde la presentación en pantalla. En Guatemala, Honduras y Jamaica, los estudios demuestran que el abandono territorial crea pobreza a una velocidad mayor que el crecimiento económico. La República Dominicana está atrapada en ese mismo bucle: produce riqueza macroeconómica y fabrica pobreza microterritorial. Una contradicción que se sostiene porque la planificación no se entiende como política de Estado, sino como trámite. Y un país que trata la planificación como trámite fabrica pobreza por defecto.
La pobreza fabricada tiene otra dimensión igual de profunda: la moral. Cuando un Estado —central o local— permite que un ciudadano viva décadas sin servicios básicos, sin acceso digno a salud, sin movilidad segura, sin identidad territorial, sin oportunidades reales, está creando un tipo de pobreza que corroe la dignidad. Y la dignidad es un recurso que, cuando se pierde, no se recupera con bonos ni con discursos. Se recupera con estructuras. Con voluntad institucional real.
Pero lo más devastador es la psicología que produce esta maquinaria. Un pueblo que siente que su desorden fue permitido, que su vulnerabilidad fue ignorada, que su territorio fue abandonado, que su comunidad fue utilizada políticamente, termina desarrollando una mentalidad de supervivencia perpetua. Una mentalidad que no aspira: resiste. Que no demanda: espera. Que no planifica: improvisa. Esa es la pobreza emocional y comunitaria que se fabrica cuando la institución falla de manera crónica.
Cuando la gente descubre que su pobreza fue fabricada —no por el destino, sino por quienes tenían el deber de evitarla— se rompe el hechizo. Cuando entienden que no nacieron pobres, sino que fueron empujados a serlo, emerge la primera chispa de transformación. Porque una nación comienza a cambiar cuando identifica que la pobreza no es una consecuencia inevitable, sino un resultado corregible. La verdadera revolución empieza cuando las personas identifican al responsable, no al culpable; a la causa, no al síntoma.
El país podrá inaugurar obras, publicar informes, presumir logros, exhibir crecimiento, pero nada de eso desmantelará la pobreza fabricada mientras sigamos construyendo vulnerabilidad con la misma disciplina con la que deberíamos estar construyendo oportunidades. La pobreza que este país fabricó debe desmontarse con la misma precisión, profundidad y constancia con la que la creó.
Un país cambia cuando deja de fabricar pobres y comienza a fabricar ciudadanos.
Ese es el giro histórico que nos sigue faltando. Y hasta que llegue, la fábrica seguirá produciendo vulnerabilidad, silenciosa, diaria y perfectamente ensamblada.
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4/13 Colección: Territorio y Nación – Ensayos sobre Desarrollo Municipal, Político y Social.





