El agua primero
- Escrito por Darlin Tiburcio
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- Publicado en Opinión
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En la República Dominicana solemos discutir el desarrollo en términos visibles: carreteras, hoteles, zonas francas, edificios, expansión urbana. Medimos el progreso por lo que se levanta sobre el suelo. Sin embargo, rara vez pensamos en aquello que determina silenciosamente si todo eso podrá sostenerse en el tiempo: el agua.
El país crece. Crece en población, en producción, en turismo y en territorio ocupado. Cada año aparecen nuevos proyectos inmobiliarios, polos agrícolas más intensivos y comunidades que se expanden hacia zonas donde hace poco no existía presión urbana. Ese crecimiento es, en sí mismo, una señal positiva. El problema es que muchas veces ocurre al margen de una pregunta básica: ¿tenemos realmente el agua para sostenerlo durante décadas y no solo durante los primeros años?
Cuando una urbanización crece y el agua llega por camión, no estamos ante un “fallo puntual”. Estamos ante un modelo que aprobó el crecimiento sin asegurar la fuente. Cuando una comunidad recibe agua por tandas cada vez más largas, no estamos ante una fatalidad inevitable. Estamos ante un sistema que se ve obligado a administrar escasez porque la planificación no se adelantó a la demanda.
No se trata de una duda teórica. Basta recorrer distintas regiones para encontrar sectores abastecidos por camiones cisterna, sistemas que operan con intermitencia, ampliaciones de acueductos que vuelven a saturarse poco tiempo después de inaugurados y territorios donde el crecimiento poblacional supera la capacidad real de las fuentes disponibles. La situación no es producto de falta de esfuerzo institucional; es consecuencia de un diseño de gobernanza fragmentado.
Actualmente el manejo del recurso hídrico se distribuye entre múltiples entidades que cumplen roles legítimos. Unas protegen las fuentes, otras construyen obras, otras operan sistemas, otras planifican el territorio y otras financian proyectos. Cada una actúa dentro de su marco legal. Pero ninguna tiene la responsabilidad integral de ordenar el conjunto. Y cuando nadie organiza el conjunto, el sistema termina reaccionando a las crisis en lugar de prevenirlas.
El resultado es un patrón repetido: primero se aprueba el desarrollo, luego se intenta llevar el agua. Primero se construye la ciudad, luego se busca la fuente. Primero crece la demanda, después se persigue la oferta. Es un modelo lineal en un tema que no admite soluciones lineales, porque el agua no se expande al mismo ritmo que el territorio.
A diferencia de otros sectores estratégicos, el país sí ha entendido la necesidad de una autoridad rectora clara. La energía tiene planificación nacional; la salud tiene rectoría sanitaria; la educación tiene conducción institucional; la agricultura tiene orientación productiva. En todos esos ámbitos, la existencia de una dirección común permite articular instituciones diversas bajo un objetivo compartido. En el agua, en cambio, la responsabilidad permanece dispersa, y esa dispersión cuesta caro: en dinero público, en calidad de vida y en oportunidades perdidas.
La consecuencia no solo es técnica, sino económica y social. Se repiten inversiones donde no hay sostenibilidad de fuente, se amplían sistemas sin atacar el problema central de la eficiencia, se comprometen presupuestos en soluciones temporales y se generan desigualdades territoriales donde el acceso depende más de la ubicación que de una política pública coherente. El problema deja de ser hidráulico para convertirse en estructural.
El mundo ha ido cambiando la forma de entender el recurso hídrico. Antes se concebía como un servicio a distribuir; hoy se reconoce como el eje alrededor del cual debe organizarse el desarrollo. El ordenamiento territorial moderno no se pregunta únicamente dónde se puede construir, sino dónde existe capacidad hídrica para sostener lo construido. La planificación deja de girar alrededor del suelo disponible y pasa a girar alrededor del agua disponible.
Y aquí aparece la parte clave: pensar el agua como eje estructural no implica sustituir instituciones existentes ni desconocer competencias. La protección ambiental de las fuentes sigue siendo indispensable. La operación de los sistemas requiere especialización técnica. La planificación urbana pertenece al ámbito territorial. Pero todas esas funciones necesitan una coordinación superior que establezca prioridades comunes, defina límites sostenibles y obligue a medir resultados.
Una rectoría hídrica moderna —cualquiera que sea el modelo institucional escogido— debería, como mínimo, poder hacer cinco cosas: (1) planificar el agua a largo plazo con base territorial por cuencas; (2) alinear las inversiones públicas del sector con esa planificación; (3) exigir metas verificables a los operadores del servicio, especialmente en continuidad, reducción de pérdidas y saneamiento; (4) articular la disponibilidad hídrica como insumo obligatorio del ordenamiento territorial; y (5) responder con autoridad y rapidez ante emergencias por sequía, contaminación o inundaciones.
En esa misma línea, se ha venido discutiendo en ámbitos técnicos la conveniencia de una iniciativa legislativa que reorganice la gobernanza del agua con criterios modernos. Sin entrar en anuncios ni formalidades —porque una iniciativa de esta naturaleza debe madurarse con rigor— la esencia de una propuesta así sería crear una rectoría hídrica especializada capaz de organizar un sistema nacional integrado del agua, sin eliminar de golpe las instituciones existentes, sino articulándolas bajo planificación obligatoria, metas de desempeño y transparencia pública.
Un planteamiento serio no debería partir de la improvisación ni de la ruptura institucional. Debería reconocer lo que existe, respetar la protección ambiental como función indelegable y, al mismo tiempo, corregir la gran ausencia: la falta de una dirección de conjunto. Incluso, para evitar burocracia, una reforma de este tipo tendría que separar claramente el rol ambiental del rol de administración y prestación del recurso: Medio Ambiente protege; la rectoría hídrica administra, planifica y coordina. Dos funciones distintas, complementarias y necesarias.
También tendría que incorporar un principio que el país no puede seguir postergando: no se debe autorizar el crecimiento sin certidumbre hídrica. No se trata de detener el desarrollo, sino de hacerlo sostenible. Si el territorio crece sin agua planificada, lo que se construye hoy se convierte mañana en presión social, conflicto y gasto público correctivo.
La seguridad hídrica no suele formar parte del debate público hasta que falta el agua. Pero es uno de los pilares silenciosos de la estabilidad nacional. Sin agua suficiente no hay producción sostenida, ni ciudades habitables, ni turismo competitivo, ni salud pública garantizada. Incluso el crecimiento económico depende de un recurso que no responde a la velocidad de la inversión ni a la voluntad administrativa.
El país todavía está a tiempo de evitar que el agua se convierta en un factor permanente de conflicto territorial. Para ello no bastan más obras aisladas ni ampliaciones sucesivas de sistemas. Se requiere una organización distinta: una gobernanza que piense primero en la disponibilidad del recurso y luego en la expansión del territorio. Es un cambio de lógica, no solo de infraestructura.
La diferencia entre reaccionar y planificar radica en quién toma la visión de conjunto. Mientras el agua continúe siendo responsabilidad parcial de muchos, seguirá siendo prioridad total de nadie. Y cuando un recurso esencial carece de dirección integral, el desarrollo termina avanzando sobre una base incierta.
Tal vez el verdadero salto institucional pendiente no sea únicamente técnico ni financiero, sino organizativo: asumir que el agua no es un servicio público más, sino la condición que sostiene todos los demás. Porque cuando el país pone el agua al final, la escasez termina poniéndola al principio.
El Debido Proceso RD © 2025 Darlin Tiburcio. Todos los derechos reservados.
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